martes, 27 de octubre de 2015

Midiendo lo importante

El peso, la estatura, la presión arterial, la frecuencia cardiaca... Todas esas son cosas que se miden. Y todas esas cifras, que siendo nuestras no pueden ser más ajenas a nosotros, van acompañadas de una abreviatura, una inicial, una razón... Eso son las unidades ¿Por qué son importantes? Porque los números solos no indican nada, aunque nos hayamos acostumbrado tanto a los apellidos que les suelen acompañar que los demos por hecho "Tensión 12/7, mide 1,70..." La existencia de las unidades es lo que justifica que podamos medir las cosas, y no al revés.
Y si las unidades nos permiten analizar el mundo y la magnitud de las cosas... ¿No es curioso que las cosas verdaderamente importantes no lleven unidades?

Por ejemplo, la felicidad ¿En qué se mide? No se mide ¿Acaso no es mucho más importante de lo que se mide o pesa? Por supuesto que sí ¿Pero en qué mides la felicidad? ¿Sonrisas/hora? ¿Optimismo relativo en cuanto a un percentil? Sería interesante cuanto menos "Verá, me preocupa mucho su EOB (estado de optimismo basal), está en un 0.4 del percentil, ¿quiere que le haga una interconsulta para un especialista?" El problema que tendría medir la felicidad serían muchos falsos positivos y, lo que es peor, que si se analizara la etiología de la persona poco feliz y se descubriera que no tiene motivos para no estarlo, nos estaríamos metiendo en un problema de mucho más peso que es la incapacidad del ser humano para ver lo que tiene y alegrarse por ello. Y eso, quizá, será motivo de otra entrada.

Seguimos analizando. El amor. Es más que evidente que no se puede medir, pero ya que nos hemos metido en faena podemos proponer las observables, las objetivas: besos/hora, te quieros/día, años juntos... Si quieres hasta cogemos una existente, como la frecuencia cardiaca en presencia del susodicho o susodicha. Pero en cualquier caso es una cuestión delicada, porque los hay que quieren mucho de boquilla, nunca mejor dicho. Y sería un poco terrible llevar un aparato que realmente pudiera medirlo, ¿no? Creo que yo no lo utilizaría jamás. Estaría mejor proponer medidas como: discusiones solucionadas de buen rollo/ discusiones totales; número de canciones dedicadas; veces que se menciona a la pareja/hora; deseo relativo (1 a 10) de no separarse de esa persona nunca jamás; podríamos aplicar incluso las de felicidad aquí... Pero no se nos ocurren muchas, porque no se puede aplicar lo mismo a todo el mundo y mucho menos en algo tan abstracto como esto... Por eso es bonito. Las cosas importantes, de nuevo, no se pueden medir.

La amistad. Va en la línea de la anterior, pero no es lo mismo (exactamente) Aquí por ejemplo yo no cogería la magnitud "tiempo juntos" Me parece un tanto irrelevante en este caso concreto. Es decir, ¿por qué la persona que más te conoce del mundo mundial no te puede haber conocido hace... 2 años? ¿es más importante tu amigo de la infancia en el ránking de puntos? ¿Por qué, porque te ha visto con el baby, se os cayó el primer diente a la vez y has ido a todos sus cumpleaños? No, para mí la amistad no es eso. Para mí la amistad se debería medir en parámetros como: horas hablando/horas totales de relación; anécdotas compartidas/año; capacidad relativa de percibir el pensamiento ajeno (o el sentimiento, ojo); porcentaje de aciertos al preguntar "pasa algo"... Así por lo menos podrías hacer un análisis interesante. Si nos fijamos, no he puesto "buenos momentos compartidos" o "fotos juntos" o "abrazos dados" o "frecuencia con la que te preguntan cómo estás" Eso no son para nada variables buenas para medir la amistad (partiendo de la base que lo que estoy haciendo en esta entrada es total y absolutamente quimérico) La amistad es una de las cosas que deberían explicar cómo valorar en el colegio, pero son más importantes las matemáticas... Porque se pueden medir.
Creo que la conclusión ha quedado muy clara, y repetiré algo que dije al principio: "Todas esas cifras que siendo nuestras, no pueden ser más ajenas a nosotros" Nadie cuando se presenta dice su estatura, su peso, su tensión, su frecuencia cardiaca, los litros de agua que bebe... Pero sí cómo es. Y el cómo es (más feliz o menos, más sociable, más soñador, sus aficiones, las cosas que le emocionan...) no se puede poner sobre una balanza y decir: 27 de buena persona, 13 de felicidad, 10 de amistad y 20 de amor. Ojalá. ¿Y eso es más nuestro que nuestra estatura, que no la decidimos? Yo creo que está un poco claro.
Cuando dudéis de si algo es verdaderamente importante, pensad en si se puede medir. Si se puede, probablemente no lo sea. Si no se puede, la magnitud depende de la persona... Y eso es lo más difícil e importante de todo.

lunes, 26 de octubre de 2015

Penumbra

Dícese de la oscuridad densa con jirones de luz.
Dícese de la incertidumbre de atisbar, pero no ver; de creer, pero no saber; de dormir, pero no soñar. 
Dícese de una conciencia enmarañada, hecha un nudo de palabras y convicciones, que no se sabe bien dónde comienza... Pero sí en la idea que termina. Y eso, parece, es todo lo que cuenta.
El pasado no importa, el esfuerzo no interesa, la realidad se desmorona y la amistad se deshilacha.
Y la incansable tejedora que todas las noches revisa su obra, se desilusiona al ver que descosidos y enganchones dan al traste con tamaño esfuerzo... Porque un vestido que se cose en varias noches, se destroza en unos segundos. 
Igual que el entusiasta, y normalmente joven, muchacho que apila cartas para hacer castillos de naipes. Más alto, más grande, más bonito... Y de pronto una carta, una sola carta, a disgusto con su posición, con su lugar en el mundo, con su propia existencia, demoledoramente arrastra a todas las demás con ella. Y el castillo ya no es más que un montón de cartas sueltas.
Las tejedoras de lazos y los arquitectos de naipes son solo personas con buenas intenciones, inocentes e ilusionadas, que creen que muchos colores unidos o muchas cartas equilibradas son más bonitos que las cualidades de cada uno de ellos por separado. 
Luego, las tejedoras de lazos crecen, y terminan zurciendo descosidos, bajos de relaciones, botones de amistades. Y los arquitectos de naipes confeccionan barajas, mezclando con cuidado para que ninguna de ellas esté a disgusto, buscando una Q para una K, y una J que les haga reír.
Pero no penséis que son infelices, no es así. Cuando se encuentran estos seres fantásticos que prefieren la música al melodrama, que disfrutan compartiendo sus ideas llenas de diamantes, terciopelo, corazones y cremalleras... Se forman las ciudades más hermosas, con las viviendas más bonitas, que no cojean de ningún palo; con las gentes más bien vestidas, y con las sábanas de mejores fruncidos para aguantar sus legendarios sueños. Son, en fin, personas creativas y no destructivas, cuyos mundos nacen de la alegría de compartir las ideas, a cada cual más original y única. 
Pero, desgraciadamente, ya no quedan muchos tejedores ni constructores... Y a veces sufren mucho, al ver que no pueden hacer nada para que el mundo se llene de colores, para que la ropa deje de ser gris, para que la arquitectura sea segura y no alocada e imposible... 
A veces, cuando se ven rodeados de oscuridad, se sienten solos... Y solo iluminan tenuemente la negrura, titilando débilmente, como un faro en la tormenta, a la espera de que alguien venga a salvarles del nudo que les ahoga, de la soledad que les oprime, de las ideas duras que los atan.
A veces, es mejor dejar que la penumbra sea oscuridad, y que los colores que luchaban se unan y brillen de nuevo... Donde puedan hacerlo.